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Santa Lucía de Gordón

Simbología

        Reconocida la capacidad de dotarse de simbología y la no existencia de armas obliga a que deban de considerar-se los antecedentes históricos, geográficos, económicos, topográ­ficos, etc... con los que se pueda proceder a la organización y ordenación del proyecto simbólico de nueva creación.
        Por acuerdo del pleno de la Junta Vecinal de la Entidad Local Menor de Santa Lucía de Gordón, se propone y fundamenta de forma histórica y ambiental su solicitud para dotarse de Escudo de Armas oficial para su institución, elevando la memoria del proyecto a la superioridad competente, memoria realizada por don Pío Cimadevilla Sánchez y firmada en León el 15 de diciembre de 2005. Vista la misma, se informa favorablemente por el Cronista de Armas de Castilla y León según documento dado en la localidad de Segovia el 28 de febrero de 2006. Con posterioridad se hace público por parte de dicha Junta el anuncio correspondiente de la aprobación de la simbología de esta entidad, publicándose dicha noticia en el Boletín Oficial de la Provincia de León1.
        Las justificaciones que se emiten para la elaboración de los escudos de armas son de variadísima índole y, por lo general, efímeras, ya que suelen perder su virtualidad, pudiendo, incluso, dejar de ser recordadas en el uso posterior debido a que en ningún caso intervienen en los procesos de repetición e identificación del propio escudo.
        En esta ocasión se pinta un campo que trae un cuartel único. Se preten­de representar en él dos figuras o muebles, todo basado y fundamentado en la evocación, que recuerde la perpetuidad de sus tierras y de sus gentes en el tiempo, de igual forma que sirva para representar la firmeza y la prudencia de los naturales de este territorio y su lucha por la pervivencia.
        A tal efecto se ha elegido “la lámpara minera2, en la pretensión que dentro de las figuras artificiales y más acertadamente entre las clasificadas como objetos usados en los oficios, en esta ocasión en el oficio minero. En el campo de este escudo, esta figura se representará con un sembrado, es decir, aparecerá cargado de muchas piezas iguales, observando que las que coincidan en los bordes de dicho campo deben de pintarse por su mitad.
        Queremos destacar en este caso, sobre todo, su aspecto lumínico. Son los puntos de luz que irradian las lámparas de los “mineros”, aquel en el que se fundamenta la elección de esta figura, pues constituye su luz el sustento de sus vidas y es considerada, tal luz, como símbolo de inteligencia, de sabiduría y de abnegación del espíritu, aspectos todos que aquí nos interesa destacar. Son estas lámparas un elemento de uso común entre todos los mineros, que son y han sido, cuando bajan en multitud a los pozos a arrancar el carbón, acto éste que realizan siempre en un medio hostil y por supuesto oscuro y ennegrecido. Más tarde es este carbón el que, retomará en su combustión aquella luz que a ellos les sirvió para arrancarlo de las entrañas de la tierra, al que debemos de sumar, como aporte de sus fatigas, allí donde se encienda, la calidez del sudor de su esfuerzo.
        Por ello la representación de la lámpara ha de pintarse en oro3, y fileteada4 de sable5. El campo del escudo de armas aparecerá pintado con un “sembrado6 de ellas, en memoria de cuantos mineros son y han sido a lo largo del tiempo en esta localidad.
        Y la última de las piezas ira en “Jefe7 y en él se cargará un “ojo8 de plata. Se ha elegido un “ojo”, de plata sobre gules. Y es que es este ojo, como parte del cuerpo humano, el signo más evidente dentro de las figuras naturales. Es una de las figuras con las que se simboliza y se representa en la iconografía a Santa Lucí9, pues esta santa se la representa ancestralmente en la mayoría de las ocasiones portando con su mano un platillo o fuente que contiene sus dos ojos.

Texto: Pío Cimadevilla Sánchez

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1.- BOPLeón, núm. 106, 5 de junio de 2006, p. 10.

2. PÉREZ RIOJA, Diccionario de símbolos, p. 264.  -“La Biblia compara el Verbo Divino con una lámpara. Litúrgicamente, el uso de las lámparas para el culto se remonta ya al Antiguo Testamento (por ejemplo, la lámpara que, por disposición de Dios, ardía ante el Tabernáculo, y, luego, en el tempo de Salomón)”.

3. Dícese del metal heráldico. Está representado por el color amarillo en las representaciones policromas y cuando estas son monocromáticas se hace mediante un sembrado de puntos.

4. Dícese de la figura o pieza cuyos bordes están silueteados de distinto esmalte.

5. Dícese del color heráldico correspondiente al negro. En los escudos que no están pintados se expresa con líneas transversales y verticales.

6. Dícese del escudo cargado de muchas piezas iguales y que en sus bordes aparecen sus mitades.

7. TRATADO DE HERÁLDICA MILITAR, Libros III y IV, p. 278. “Jefe, cabeza o parte alta del escudo de armas”. // CADENAS Y VICENT, Diccionario heráldico, p. 86. “Pieza que se coloca horizontalmente en la parte superior del escudo y que debe de ocupar la tercera parte del mismo. Pieza de primer orden”.

8. PÉREZ-RIOJA, Diccionario de símbolos, p. 323. “...para la mitología egipcia el mundo surge del ojo, pues éste nos lo permite ver, con ello, el mundo adquiere realidad. Para el moderno psicoanálisis, el ojo es el ojo de la luz y de la conciencia: así los sueños de ojos están relacionados con el acto de captación de lo existente. Salvador Dalí ha diseñado una bellísima joya, llena de gracia y de sentido simbólico: “El ojo del tiempo”, reloj en tres matices de esmalte azul, diamantes engastados en platino y un cabujón de rubí: “No es posible, explica el artista, huir su tiempo ni cambiarlo. El ojo ve el presente y el futuro. (Cfr.: CIRLOT, E. El ojo en la mitología: su simbolismo). En la Biblia se habla del ojo en sentido metafórico. Se atribuyen ojos a Dios como símbolo de su vigilancia y cuidado de las criaturas: “Grandioso eres en tus consejos, e imprescindible en tus designios: contemplando están tus ojos todas las acciones de los hijos de Adán” (Jeremías, XXXII, 19). Por ésta y otras referencias bíblicas al ojo de Dios, el ojo simboliza a Dios omnipotente y omnisapiente. En la pintura renacentista, el ojo de Dios inscripto en un triángulo invertido fue utilizado como símbolo de la Santísima Trinidad. Y, al fin, dos ojos sobre una fuente son atributo de Santa Lucía. 

9. Según la tradición hagiográfica, Lucía es una noble muchacha de Siracusa (Italia) martirizada el 13 de diciembre durante la persecución de Diocleciano (303). Lucía nació en Siracusa de padres ricos y nobles que lo eran aún más por su fe cristiana. En esta fe educaron a su hija. El padre debió de morir pronto, siendo ella muy niña aún. La madre, Eutiquia, quedó al cuidado de su única hija y cuando alcanzó la edad necesaria la prometió en matrimonio a un joven pagano. Quiere la leyenda subrayar que Lucía no fue partidaria de este compromiso matrimonial, porque el impulso de la gracia la había llevado a consagrar perpetuamente su virginidad a Jesucristo. Habiendo enfermado Eutiquia, madre e hija acudieron al sepulcro de la venerada santa Águeda, en Catania, donde las curaciones milagrosas eran frecuentes, pidiendo con fe la curación. Fue entonces cuando Lucía cayó en una especie de sueño y se le apareció santa Águeda que con rostro sereno y alegre le dijo: “Lucía, hermana querida, ¿por qué me pides a mí lo que tú misma puedes obtener en favor de tu madre? Has de saber que por tu fe ha conseguido la curación, y así como Jesucristo ha hecho por mí famosa la ciudad de Catania, igualmente por ti hará célebre la ciudad de Siracusa, porque en tu virginal corazón le has preparado una agradable mansión”. Vuelta en sí Lucía manifestó a su madre la visión que acababa de tener. Eutiquia, conmovida por la curación que había sentido operarse en su cuerpo, aceptó la propuesta que le hizo su hija: entregar a los pobres de Cristo la dote que pensaba darle a ella. De retorno a casa empezaron a distribuir sus riquezas entre los pobres. Esta prodigalidad irritó al joven prometido de Lucía, que la delató ante el juez Pascasio como cristiana. Llevada ante el tribunal, se confesó cristiana y ni las amenazas ni los halagos pudieron inducirla a llevar a cabo cualquier gesto que pudiera interpretarse como culto a los ídolos. A los razonamientos del juez, Lucía contestaba con otros más brillantes, de tal modo que éste ya exasperado la amenazó diciendo: “Se acabarán tus palabras, cuando pasemos a los tormentos”. “A los siervos de Dios, contestó Lucía, no les pueden faltar las palabras, pues el Señor Jesucristo les ha dicho: Cuando seáis llevados ante gobernadores y reyes, no os preocupéis de cómo o qué habéis de decir, porque se os dará en aquel momento lo que habéis de decir; pues no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros” (Mt 10,18 ss.). Nuevamente volvió a interrogar Pascasio: “¿Acaso está en ti el Espíritu Santo?”, y la santa le contestó: “Los que viven piadosa y castamente son templos del Espíritu Santo”. “Pues yo te haré llevar a un lugar infame para que el Espíritu Santo te deje”, fue la respuesta del juez. A estas amenazadoras palabras, Lucía contestó: “Si ordenas que sea violada por la fuerza, mi castidad será honrada con doble corona”. Quizá en este breve diálogo se dé el núcleo histórico que luego adornó la leyenda. En las actas auténticas que poseemos de otros mártires no suele faltar este diálogo entre el juez y el reo, que era recogido por los taquígrafos oficiales. La Passio continúa refiriendo cómo el juez mandó a los soldados que llevaran a Lucía a un lupanar; pero una fuerza especial la mantenía en su sitio, sin que pudieran moverla de allí. Luego fue revestida de pez y materias inflamables, prendiéndola fuego; pero éste no dañó su cuerpo virginal. Exasperado Pascasio ante la resistencia de la joven y viendo que no conseguía su propósito, ordenó traspasar su garganta con una espada. El cuerpo de Lucía fue enterrado en Siracusa y bien pronto su sepulcro llegó a ser meta de peregrinaciones y lugar de prodigios. Reliquias: Qué fue de las reliquias de Lucía es otro de los problemas críticos planteados en torno a la mártir siracusana. Desgraciadamente la tradición, más que aportar luz y suplir la falta de datos seguros, dificulta aún más el problema, dando dos versiones distintas acerca de su destino a través de los siglos. Una de éstas afirma que las reliquias de Lucía estuvieron en Siracusa hasta el siglo VIII. De allí fueron trasladadas a Corfino, en los Abruzos, y por concesión de Otón I pasaron a Metz. En 1042 un brazo de Lucía llegó al monasterio de Luitboug por donación del emperador Enrique III. Para la otra versión, el traslado fue en 822 a Constantinopla y luego a Venecia, tras la ocupación de aquélla por los cruzados. Colocadas en el monasterio de San Jorge, pasarían luego a la iglesia dedicada a la santa. Culto: El más antiguo testimonio es la inscripción auténtica de fines del siglo IV en la catacumba de San Giovanni de Siracusa. Dice así: “Euskia... murió en la fiesta de mi Santa Lucía...”. El Sacramentarium Gelasianum y el Gregorianum señalan su fiesta el 13 de diciembre. En igual fecha la conmemora el Martyrologium Hieronymianum. En el siglo VI existía en Roma un monasterio, además del de Siracusa, consagrado a su memoria. Honorio I (625-638) le consagró una iglesia. Su nombre con el de santa Águeda fue introducido en el canon de la misa, quizá por san Gregorio Magno. La iconografía representa a Lucía llevando en un platillo sus propios ojos. No hay ningún dato histórico o legendario que fundamente este hecho. Quizá surgió por su nombre, que significa luz o luminosidad y los ojos serían como el símbolo de la luz. Por la misma razón debió de ser invocada en las enfermedades de los ojos y considerada como protectora de la vista. Se celebra su fiesta el 13 de diciembre. // Fuente: En: Gran Enciclopedia Rialp, por FIDEL G. CUÉLLAR: Bibliografía: Anallecta Bollandiana, XXIII,492; A. LECLERCQ, en DACL IX, 2616-2618 y XV,1840-1855; C. GAETANI, Memorie intorno al martirio e culto di S. Lucia, Siracusa 1879; H. DELEHAYE, Les origines du culte des martyrs, 2 ed. Bruselas 1933, 310; G. SIMONELLI, Vita di S. Lucia, Caserta 1893; A. DUFOURCQ, Étude sur les Gesta martyrum romains, II, París 1907, 188 ss.; G. GOYAU, Sainte Lucie, 1921; V. L. KENNEDY, The saints of the canon of the Mass, Roma 1938, 169-173; A. AMORE, M. C. CELLETTI, Lucia di Siracusa, en Bibl. Sanct. 8, 241-257.

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